Entre dos aguas
Cos d’Ebre, trayecto Caspe - Mequinenza con Marco Noris. 21 - 22 de junio de 2025
A media tarde cojo el coche para ir a Caspe, tras un viernes lleno de reuniones, hiperactivo como todos los días. Hace mucho calor. Me alejo de Barcelona y el horizonte se amplía, me adentro en un espacio un poco más vacío. Los pensamientos se espacian cada vez más, al igual que los coches. Simplemente avanzo. Resigo el último tramo del Segre y cruzo el Ebro en Mequinenza. Estoy cerca del camping donde encontraré a Marco. Hace meses que me había reservado este fin de semana para acompañarlo en su caminata. Recorro en coche buena parte del tramo que haremos después a pie, en sentido contrario, por un camino mucho más largo y sinuoso. Para mí seguir el Ebro es un viejo sueño, y el tramo de río que comienza aquí y termina en la desembocadura es, de algún modo, mi casa.
Estamos en medio de una ola de calor extremo y al día siguiente nos levantamos pronto para evitar al máximo las altas temperaturas. Pero tardamos un poco en salir. Marco es una persona más bien lenta, que pone conciencia en las cosas que hace y las hace con cuidado. Como si quisiera alargar el contacto con el presente, el tacto con todo lo que toca. Cada cosa está perfectamente empaquetada y tiene su sitio en la mochila, único contenedor de sus propiedades durante varias semanas. Mientras lo miro pienso que, en nuestra sociedad, que se alimenta de ciegas expectativas futuras, la lentitud es tal vez la actitud más subversiva. El deseo de permanecer en el presente de alguna manera pone en duda la necesidad de este porvenir cada vez más esplendoroso. Creo que esto tiene mucho que ver con el caminar.
Seguimos el GR-99, casi siempre al borde del Ebro. Hay algo profundamente adecuado en el acto de ir a pie junto a un río, acompañándolo en su lenta bajada hacia el mar. La velocidad del agua y la del caminante son similares. Nos desplazamos, pues, con el río, y por eso aquí, en la cola del gran embalse de Mequinenza, donde el agua apenas se mueve, no hay que apresurarse. El río, aún más que el caminante, «hace camino al andar». Y aquí dibuja amplios meandros. Esto hace que algunos elementos del paisaje nos acompañen durante buena parte del trayecto. Los escombros terrosos de la ermita de la Magdalena, que parece que hayan aflorado del propio despeñadero en el que se encuentran, se acercan y se alejan alternativamente, pero no dejan de observarnos. Antiguamente, esta ermita era objeto de romerías para pedir lluvia en periodos de sequía. La subida del nivel del agua a raíz de la construcción del embalse ha hecho que ahora la ermita se sitúe en una isla y solo se pueda acceder a pie cuando hay poca agua. Y es que, ¿quién querría hacer una romería para pedir lluvia cuando el nivel del embalse evidencia la abundancia de agua? La naturaleza es sabia, y quien no se conforma es exactamente porque no quiere.
El agua siempre está cerca, a menudo a la vista, pero de alguna forma permanece inaccesible. Hay una cierta ironía en esto, en el enorme caudal de agua que fluye por esta tierra seca y áspera. Solo hay que mirar nuestro equipaje, la parte más importante son los más de 18 litros de agua que llevamos por los dos días de camino. ¡Y es posible que no nos alcance! Evidentemente, no somos los únicos que tenemos sed. En este tramo, la vegetación que rodea el Ebro es testigo de la sequedad del ambiente, y más allá de los sauces y tamarices de la ribera, está dominada por maquias ralas. Pienso en una descripción de nuestro itinerario que cite todos y cada uno de los arbustos que bordean el camino: lentisco - lino - romero - arce - carrasca - romero -… Un largo hilo de nombres que ponga la contigüidad botánica por delante de la realidad métrica, y que aquí tendería a minimizar las distancias, ya que la densidad de plantas es baja. Paradójicamente, no hay suficiente agua. «Lo riu és vida», sin duda, pero no siempre por donde pasa, o no tanto como querríamos.
Aunque el río aporta cierta humedad a los ecosistemas que lo rodean, la mayor parte del agua pasa de largo, al igual que hacemos nosotros. Los ríos retornan al mar el exceso de lluvia que cae sobre los continentes, pero en su curso solo llega el agua que queda una vez satisfechas las necesidades (la transpiración) de la vegetación que los rodea. En el tramo alto del Ebro, de Cantabria al País Vasco, las precipitaciones en forma de lluvia y nieve superan de mucho el agua que consumen los bosques, a pesar de su frondosidad; y el resto, abundante, nutre al río. Aquí, en el tramo medio-bajo, casi toda el agua que cae la utilizan las plantas, por exigua que sea la vegetación. Exigua pero a la vez rica: los ambientes estresantes a menudo están asociados a una elevada diversidad de plantas con adaptaciones extraordinarias. La zona donde nos encontramos no es una excepción. Como en muchas regiones secas del planeta, las dificultades asociadas a la falta de agua se ven agravadas por el tipo de suelo, rico en yesos. Estos suelos tienden a formar costras poco porosas, que limitan tanto la infiltración de agua como la capacidad de arraigo de las plantas. Esto hace que encontremos una flora muy particular, con especies exclusivas de este tipo de sustratos. Algunas han encontrado soluciones fascinantes a las dificultades impuestas por el ambiente. Hace unos años se descubrió (en los Monegros, cerca de donde nos encontramos) que algunas plantas son capaces de extraer directamente el agua que se encuentra en las estructuras cristalinas del yeso mineral, y esto les permite sobrevivir a la sequía estival.
El embalse de Mequinenza es el más grande del Ebro, un fruto más de la obsesión del caudillo para combatir la «pertinaz sequía» con infraestructuras hidráulicas. Se utiliza sobre todo para producir energía, pero también para canalizar agua de riego, que no es más que una forma de forzar al río a soltar agua, a ser más generoso con los ecosistemas que cruza. Inicialmente se regaban huertos, pero cada vez más también se irrigan grandes plantaciones de olivos. Enormes campos con hileras verdes perfectamente paralelas que destacan sobre el fondo pálido, casi blanco, del suelo. La sequedad se está volviendo excesiva incluso para los cultivos de secano. También para nosotros, que pasamos (sobrevivimos) las largas horas del mediodía del sábado bajo la sombra de un pino en la orilla del río. Nos bañamos varias veces, haciendo honor al otro nombre del embalse (el mar de Aragón). Me pregunto si te puedes bañar dos veces en el mismo embalse. Es un tema que Heráclito no trató, seguramente con buen criterio.
Pero lo que hacemos, sobre todo, es caminar. La cadencia de los pasos y la disposición activa y a la vez sosegada nos ponen en una actitud propensa a mirar, escuchar y pensar; también hablar. Hablamos sobre Cos d’Ebre, un proyecto en el que el artista pone en juego su propio cuerpo para conocer el «cuerpo» del río. De hasta qué punto una propuesta que implica caminar más de mil doscientos kilómetros durante casi tres meses es ir contracorriente, a pesar de que nuestra experiencia inmediata lo contradiga. Vivimos tan acelerados que a veces olvidamos la obviedad de que caminar es, fundamentalmente, una forma de desplazarse. Quizás es una forma relativamente lenta de moverse en el espacio, según los estándares actuales. Pero, en cambio, pienso que ir a pie propicia los viajes en el tiempo; en el sentido trivial que es una manera de volver a ciertos hábitos del pasado, pero también porque la lentitud en el movimiento deja más espacio al vagabundeo de los pensamientos, a los juegos de la imaginación.
Sumidos en la conversación, decidimos alargar el trayecto hasta bien entrada la noche, en parte porque en el atardecer la temperatura es más agradable y en parte porque pienso que los dos queremos dormir con la tranquilidad de saber que el tramo del día siguiente será más corto. Llegamos al refugio del valle del Freixes (fresnos) bastante tarde y muy cansados. De fresnos no vemos ninguno, y el «refugio» es una cabaña bastante minimalista, pero más que suficiente para pasar la noche. Dormimos ligeramente, como se duerme en la montaña, y reanudamos la marcha temprano por la mañana, bajo un sol tal vez un poco menos inclemente que el día anterior. A media mañana nos encontramos un gran rebaño de ovejas y cabras con Miguel, su pastor, que nos cuenta que a él también le gusta caminar y nos enseña fotos de su última subida al Moncayo vestido con el mismo mono azul que lleva ahora. Lo lleva siempre cuando va de excursión. Como buen samaritano, nos da agua. También nos habla de su rebaño, que se ha ido reduciendo (había llegado a tener más de mil ovejas) y que nadie continuará cuando él se jubile. La misma historia repetida una y otra vez. El paso del tiempo, el progreso, el cambio inexorable. Cuando Josep Maria Espinàs bajó el Ebro un verano de hace casi 65 años (curiosamente no andando, andador como él era, si no «con un primitivo Velosolex») aún no existían los grandes embalses del Ebro, pero las obras ya habían comenzado.
La aceleración del progreso, o de un cierto tipo de progreso, tenía que frenar la corriente del río. Los embalses de Mequinenza y Riba-Roja cambiaron radicalmente el paisaje donde nos encontramos y las vidas de los habitantes en muchos kilómetros a la redonda. Permiten almacenar agua y usarla allí y donde conviene, y al mismo tiempo generar la energía necesaria para nutrir aún más progreso, más cambio, menos caudal, menos sedimentos, menos río. La cuenca del río Ebro tiene actualmente 187 embalses que retienen más del 90 % de los sedimentos que transporta el agua, especialmente las arenas. El delta del Ebro no para de retroceder. Si se mantienen las tendencias actuales de falta de sedimentos y subida del nivel del mar la mayor parte del Delta desaparecerá antes de que termine el siglo, junto con las personas que viven en él y una fauna y una flora extraordinarias. De ahí la Campaña «Salvem lo Delta» de la Plataforma en Defensa de l’Ebre, que lleva 25 años luchando por el presente y por el futuro del río y de sus gentes.
El trayecto del segundo día se hace menos duro. Llegamos a la impresionante toma de Mequinenza a media tarde. El pantano está casi lleno y brotan enormes chorros de agua. Muy por debajo nuestro algunas gaviotas sobrevuelan el cauce del río. Aquí termina el embalse de Mequinenza y, inmediatamente, comienza el de Riba-Roja. A los pocos kilómetros, en la confluencia donde las aguas del Segre encuentran las del Ebro, está la villa de Mequinenza. Una población nueva, funcional, ahora dedicada a la industria de la pesca recreativa. Del pueblo viejo de Mequinenza, que se enriqueció con el lignito de las minas, queda muy poco. Fue derribado durante la construcción del pantano, a mediados de los años sesenta, y solo queda el trazado de las calles y el edificio de las escuelas. Irónicamente por encima del nivel de las aguas, que nunca llegaron a cubrir las casas. Ahora todo es un Parc de la Memòria (estremecida) para rendir homenaje a las personas que tuvieron que irse de su casa, para mantener vivos en nuestro recuerdo los personajes y las historias que nos contó Jesús Moncada en sus libros.
Hemos estado dos días caminando para hacer un trayecto que habríamos podido hacer en coche en poco más de 20 minutos. Si lo hubiéramos hecho así no habríamos visto lo mismo ni lo habríamos vivido de la misma forma. La contigüidad y el contacto aportan un contexto que la velocidad no reemplaza. De algún modo nos hemos restregado con la realidad que se esconde al detrás de los mapas. Hemos tocado y nos hemos dejado tocar por el río. Incluso hemos bebido de sus aguas (eso sí, después de potabilizarlas con una precaución razonable). Y hemos sudado a raudales. Mientras me alejo de Mequinenza para volver a casa, ahora ya en coche, el cielo del atardecer es rojo tormenta. Llueve. Pienso que quizás nuestro sudor, agua que hasta hace poco era parte de nosotros, ahora forma parte de esta lluvia, y que viajará con el Ebro (y con Marco), sin prisa, hasta verterse en el mar.
Jordi Martínez Vilalta (1975, Barcelona) es profesor de ecología en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador en el CREAF. Su investigación pretende entender mejor el funcionamiento de los sistemas forestales y su respuesta a los cambios ambientales, especialmente aquellos relacionados con una menor disponibilidad de agua (sequía, elevadas temperaturas). Para ello combina diferentes aproximaciones (observacionales, experimentales y de modelización) en diferentes biomas (mediterráneo, templado, tropical). En los últimos años ha desarrollado un interés creciente por las colaboraciones entre ciencia y arte en el ámbito de la ecología y las ciencias ambientales, y ha colaborado en varios proyectos artísticos.