Marco Noris: «Caminar es el acto de memoria más poderoso y antiguo»

Marco Noris durante su travesía · Foto: Oriol Gracià

Marco Noris durante su travesía. Foto: Oriol Gracià.

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La entrevista original de Judit Monclús se publicó en catalán en Surtdecasa el 3 de septiembre de 2025. La copia en esta web es mi archivo personal.

El artista italiano presenta en Lo Pati ‘Cos d’Ebre’, una muestra que resume la travesía de 1.200 kilómetros que ha hecho a pie entre Fontibre y el delta del Ebro.

Ochenta días de viaje a pie y más de 1.200 kilómetros recorridos siguiendo el curso del Ebro entre Fontibre y el Delta. Este es el reto que el artista visual italiano Marco Noris (Bérgamo, 1971) superó a mediados de verano y que se ha convertido en la base de una investigación artística que concibe el río como un cuerpo vivo, frontera política y cultural, y archivo de memorias y conflictos. Ahora, del 6 de septiembre al 2 de noviembre, Lo Pati acoge la muestra final del recorrido con la que se presenta el proyecto ‘Cos d’Ebre’ y que combina disciplinas como la instalación, el dibujo, el vídeo y la escritura.

Los ríos, para mí, son una metáfora de la identidad, sea individual o colectiva, ya que, al final, todos somos un conjunto de afluentes.

— Caminar como una manera de conocer un territorio, pero también como un ejercicio de creación artística. ¿Cómo funciona esta combinación?

Hay mucha literatura sobre el hecho de que caminar se convierta en una herramienta artística o una práctica estética que, a la vez, tiene muchas capas de lectura. En mi caso, definí el caminar como una herramienta de investigación que permite conocer el territorio en primera persona, desde la experiencia y desde la mirada. Esta es la base sobre la cual he estructurado mi trabajo, aunque cada proyecto es un poco diferente del anterior. En este caso, en ‘Cos d’Ebre’, he combinado un registro de la experiencia con la grabación de audiovisuales, la escritura y la acuarela, en la que he usado el agua del río. En otro proyecto, he usado fotografías instantáneas y pinturas al óleo. Siempre intento mantener un nivel de producción plástico. En otras ocasiones, he experimentado con papel, con telas, con agua, con barro, con pigmentos, y otros materiales que he ido cogiendo a lo largo del camino. Mis creaciones artísticas van surgiendo durante el recorrido. Por ejemplo, en el caso específico de este último proyecto, he grabado unas ochenta horas de vídeo y muchas de audio usando también un hidrófono. Aparte, como te decía, he hecho acuarelas, fotografías, etc. No he parado de trabajar en ningún momento de la travesía. Ha sido como tener un taller nómada. De hecho, el acto de caminar en sí, ya lo veo como un acto artístico. Si lo piensas bien, en esta época en la que no existe una relación con el territorio a través del cuerpo que no sea para ir a correr o para ir en bicicleta, el hecho de que alguien decida mirar el territorio a través de un recorrido de 1.200 kilómetros ya está fuera de cualquier lógica contemporánea. Ahora, sin embargo, la cuestión es cómo lograr de alguna manera la transmisión de esta experiencia.

— De hecho, esta propuesta, que lleva por nombre ‘Cos d’Ebre’, se inscribe en la línea de trabajo que desarrollas desde hace años en torno a la memoria, el lugar y el desplazamiento. Ese desplazamiento, ¿permite la memoria o representa dejarla atrás?

Caminar es el acto de memoria más poderoso y antiguo que podemos ejercitar porque habla de nosotros, de lo que somos y de dónde venimos. Por eso, para mí, caminar es un acto de memoria porque explica al ser humano y de dónde viene, su época nómada, y porque, ahora mismo, con el despoblamiento del territorio, cada pisada en un sendero abandonado es una manera de hacer memoria y de mantener activos esos caminos que ya no usa nadie: casi no hay pastores ni campesinos que pisen el territorio y que mantengan viva la memoria de la tierra.

— Has estado 82 días caminando desde Fuente del Híjar hasta el delta del Ebro. ¿Qué te ha permitido conocer esta ruta de 1.200 kilómetros más allá del paisaje que has recorrido?

La mayoría de las comarcas que caminé junto a Celeste Reyna, que se ha encargado de la construcción teórica del proyecto y me ha acompañado en este recorrido, eran nuevas para mí. Antes nunca había estado en La Rioja o en Burgos, por ejemplo. Esto, de por sí, ya era una mirada hacia el territorio nueva en general. Más allá del paisaje, sin embargo, he conocido muchas otras cosas. Por una parte, y a un nivel global, la relación del territorio y de la administración con el río. Es curioso cómo el Ebro es una frontera geográfica y que los conflictos que se generan a su alrededor están situados por comarcas. También otra cosa que fue muy interesante fue ver la relación extractivista y la distribución territorial en torno al Ebro según la conformación geográfica. Esto me ha permitido ver cómo cambia la relación de la gente con el río, por ejemplo. Para mí fue muy importante ser consciente del autoconocimiento indirecto de la humanidad que habita ahora el territorio.

Marco Noris durante el trayecto · Foto: Oriol Gracià

Marco Noris durante el trayecto. Foto: Oriol Gracià.

— Has recopilado dibujos, textos, fotografías, sonidos, objetos encontrados y testimonios durante tu viaje por el territorio del Ebro… ¿Ha habido contacto con las personas de estas tierras, más allá de hacerlo con el paisaje?

El contacto con las personas es un punto teóricamente fundamental, pero está muy subordinado al calendario y al territorio. Una parte del recorrido la hicimos en plena ola de calor. A veces, pasaba que llegabas tarde a algún pueblo porque hacías más paradas de las previstas o porque esperabas a que bajara la temperatura. Quizá llegábamos a las siete de la tarde después de diez horas de camino y volvíamos a salir al día siguiente a las siete de la mañana. Así que el contacto con la gente fue más reducido de lo que nos hubiera gustado. Podía ser que pasaran días y días y la única persona con quien hablabas un momento fuera alguien de un bar o de una tienda donde entrabas a comprar comida. El territorio está muy vacío y hay muy poca gente. De todas maneras, tuvimos una serie de testimonios que para mí se han convertido en el comienzo de una investigación, en el sentido de que abren puertas hacia la realidad del territorio, pero que, seguramente, en el momento en que se active una investigación en esta dirección habrá que ampliarlos y profundizar en ellos. Por ejemplo, en el caso de un pueblo de Cantabria, nos encontramos con que solo tenía un habitante. Lo encontramos por la calle y comprobamos que tenía una disponibilidad infinita para hablar y contar cosas. O el caso de Felipe, también en Cantabria, que nos contó su historia como obrero en la metalurgia de Reinosa. También nos encontramos con gente que no quería hablar con nosotros, claro.

— Definías el proyecto ‘Cos d’Ebre’ como una investigación artística que concibe el río no solo como un elemento natural, sino también como “un cuerpo vivo, frontera política y cultural, y archivo de memorias y conflictos”. ¿Son muy diferentes las memorias y conflictos que has descifrado en los territorios que ocupan estos 1.200 kilómetros?

Algunos conflictos están muy lejos los unos de los otros, pero se pueden ver sus consecuencias, como por ejemplo la estratificación de ruinas que te permiten ver la estratificación del tiempo: ruinas romanas, ermitas románicas, masías en ruinas, aerogeneradores… Podrías tener todos estos elementos en breves intervalos a lo largo de la ruta. Casi era como ver la ruina de la historia en tiempo real. En cuanto a los conflictos, los podías ver en parques solares, en los aerogeneradores, en el trasvase y la defensa del río… Esto lo podemos encontrar desde el comienzo hasta el final. A mí lo que más me ha impresionado ha sido ver cómo el desarrollo contemporáneo en torno al río ha sido una continuación, un eco, de la conquista romana del territorio. De hecho, la ruta romana que pasa por Zaragoza hacia el norte evidencia que hay una orilla del río mejor comunicada que la otra, que se ha desarrollado más. Puede ser que la parte izquierda sea aún más rural que la de la derecha. No hice una investigación profunda, pero es la sensación que tuve mirando el territorio desde allí mismo. Durante el recorrido tuve la sensación de que los últimos dos mil años solo han sido una deriva, una inercia lógica, de lo que fue la invasión romana.

— Por eso, las “fronteras” que has podido encontrar, ¿han sido más de tipo político que natural?

Yo creo que la primera frontera es la geográfica y a partir de ahí llegan las fronteras administrativas o políticas. Siempre me hace gracia reflexionar sobre la etimología de la palabra “rival”. En latín, significa que comparte el mismo trozo de agua. Nosotros le atribuimos el significado de conflicto entre personas, pero el origen era el de compartir. En este caso, sin embargo, el tema de la rivalidad relacionado con el río ya lo tenemos integrado en el lenguaje. Ahora mismo los conflictos son más de propiedad y de continuidad de fronteras comarcales donde cada uno busca una apropiación del río según su lugar geográfico.

— Dices que caminar es una manera de aceptar el territorio. ¿Qué has aceptado en esta travesía que has hecho?

Aceptar el territorio quiere decir que tú no estás necesariamente caminando por lugares bucólicos, bonitos y salvajes. Bajamos desde el pico Tres Mares, a 1.900 metros, hasta llegar a la depresión del Ebro, que está en Miranda de Ebro. Allí, para nosotros, acabó una parte del viaje muy importante, que era salvaje y agreste, más despoblada y más natural. Desde allí, aceptamos que los polígonos industriales, los centros de datos como el de Amazon, la contaminación del río, la proliferación industrial y agrícola, era lo que nos llegaba. Nuestro cuerpo se tenía que adaptar a lo que nos encontrábamos durante el camino, fuera pasándolo mal o rehaciendo el recorrido, aceptando todo lo que venía.

Marco Noris durante el trayecto · Foto: Oriol Gracià

Marco Noris durante el trayecto. Foto: Oriol Gracià.

— ¿Os habéis encontrado muchos problemas o dificultades durante la travesía?

Fue todo tranquilo, pero llegó un momento en que la ruta se convirtió en un cambio de calendario y de recorrido constante a causa de la lluvia, especialmente, y de las duras condiciones meteorológicas. También sufrimos la falta de servicios y de comida, ya que el despoblamiento rural afecta a toda la cuenca del Ebro. Pasamos por un pueblo que era el único que tenía bar en aquella parte del recorrido con la mala suerte de que lo hicimos el día que cerraba por descanso. Parece una tontería, pero te preguntas cómo puede ser que en la España del siglo XXI tengamos problemas de abastecimiento de servicios básicos. No nos moriremos por eso, pero sorprende, porque siempre estamos al límite del desastre. Ahora el hecho de caminar está fuera del radar cultural contemporáneo. Hay pueblos que tienen albergues pequeños, pero porque están ubicados a lo largo del Camino de Santiago; si no, no encuentras. Al final, lo único que se acepta cuando caminas, el único peregrinaje aceptado, es la franquicia del Camino de Santiago.

— Hace un par de años, llevaste a cabo el proyecto ‘Sequere’. También caminaste, pero aquella vez para llevar agua del Ebro hasta el Segre. ¿Qué te inspiran los ríos para tomarlos como referencia a la hora de crear y caminar?

Sequere es una palabra latina —en latín significa seguir, fluir; se pronuncia secuere y es uno de los antiguos topónimos del río Segre— que me llevó a hacer este proyecto que comentas hace tres años, aunque la exposición la hice hace dos años. Los ríos tienen un fuerte componente simbólico en muchos aspectos: tiempo, espacio, ciclicidad… También tienen el tema de las fronteras y del agua como elementos simbólicos. Son elementos que desde que apareció el ser humano han formado parte de los ejes donde se desarrolla la vida en la naturaleza y la filosofía. Elegí este nombre como un tema simbólico, pero entonces empecé una investigación sobre los ríos, también en relación con los afluentes. Los ríos, para mí, son una metáfora de la identidad, sea individual o colectiva, ya que, al final, todos somos un conjunto de afluentes. Sin los afluentes, el Ebro no sería nada. Para mí, eso es una metáfora de la identidad. Al final, siempre se tiene una visión nacionalista de un territorio y siempre se piensa desde una lógica monolítica y monocultural, pero en realidad un territorio es rico justamente por sus afluentes culturales e históricos.

— Del 6 de septiembre al 2 de noviembre, Lo Pati acogerá la muestra final del recorrido, que reunirá el conjunto del material que has producido a partir del trayecto. ¿Qué encontraremos?

Podemos considerar esta exposición como una continuación de la travesía. Me pasé un mes en Deltebre para acabar de producirla y para mí esto ha sido más un comienzo que un cierre, un primer paso para empezar algo nuevo, ya que acabé el recorrido el pasado 11 de julio y ahora inauguro la exposición. ¿Te puedes creer que con todo el material, los kilómetros, las historias, los testimonios, etc., todavía tengo grabaciones que no he podido escuchar? Esto forma parte del seguimiento de este material que continuaré haciendo, porque este proyecto no se puede quedar solo con esta exposición. La muestra, sin embargo, presentará una instalación de vídeo en tres pantallas donde presentaré un documental, una especie de recorrido poético desde Fontibre hasta el Delta con una mirada cronológica del recorrido desde el principio al final. Hemos resumido ochenta días de camino en veintisiete minutos. Es muy parcial, pero puede dar una idea de los puntos clave que afectan al territorio. Después habrá una serie de pinturas hechas con acuarela, también realizadas a lo largo del recorrido, y otros materiales, como fotografías instantáneas, cartillas, estatuas, y una selección de obra de ‘Sequere’ que relaciona el Ebro de 2023 con el de ahora, entre mucho otro material.