Les muntanyes: els cims d’una vida

«A la frontera. Muga 507», 2017. Óleo sobre papel, 12×17 cm.
Artículo de Francesc Català i Alós (miembro del Centre Excursionista de Lleida y director de la revista Arts), publicado en catalán en el suplemento DiS del Diari Segre en noviembre de 2020. Se ilustra con el óleo de Marco Noris «A la frontera. Muga 507» (2017). El texto original también está en el PDF. La copia en esta web es mi archivo personal.
A mi amigo Juanjo Garra le gustaba empezar alguna de sus conferencias mencionando el título del libro de Lionel Terray Los conquistadores de lo inútil, el libro de montaña más leído y en el que el autor repasa sus conquistas alpinísticas en una vida repleta de actividades de alto compromiso. Seguramente le gustaba citarlo porque a menudo pensamos que tenemos que justificar por qué nos ponemos en riesgo cuando hacemos actividades en la montaña y vamos a buscar lo más difícil y comprometido para sentirnos “vivos”. En definitiva, nos lanzamos a la conquista de lo inútil. En la misma dirección apuntaba un ochomilista aragonés, lamentablemente desaparecido, cuando se preguntaba en público que no sabía qué era lo que nos llamaba a subir las montañas más altas… y no se me ocurrió otra respuesta que el instinto que de muy pequeños nos reclama a encaramarnos a una silla, a riesgo de caer y rompernos la cabeza, pero que nos llama una y otra vez de una manera excitante.
Y a medida que uno va creciendo, va descubriéndose como persona en la naturaleza, en las montañas, y la llamada a subirlas y disfrutar de las ascensiones te impulsa a prepararte física y mentalmente para afrontar el reto que representan; sea cual sea su altura, siempre es necesaria la preparación y la motivación para ir. Y eso no llega de golpe, es un aprendizaje, que a menudo hacemos acompañados de un buen amigo que acaba convirtiéndose en el compañero de cordada y de ilusiones. Y al final se vuelve un hábito, una necesidad volver y volver a subir cumbres y disfrutar de la única experiencia que es cada itinerario, cada sierra y cada descenso. Es lo que sentimos quienes amamos la montaña. Salir a hacer una cumbre es abandonar tu zona de confort, madrugar mucho, emprender largas caminatas y dificultades que superar, y ahí el atractivo de la ascensión: lo que representa alcanzarlas, la pequeña o gran proeza de haber estado un rato en la cima. Volviendo a Juanjo, decía que el placer de pisar la cumbre comparado con el esfuerzo de subir era inmensamente desigual. Pero es que es el camino lo que nos lleva a ir. Esa es la excusa, ese es el placer: poder tener el pretexto para encaramarnos por una arista y conquistar las cumbres más altas.
En la época actual el ocio y el deporte ocupan gran parte de nuestro tiempo libre y la práctica del montañismo es una afición cada día más popular; somos mucha la gente que tenemos por costumbre salir a hacer excursiones y practicar deportes relacionados. Y sin darnos cuenta, nos hemos visto en una nueva etapa en la que ya no parece que tengas que ser muy experto para ponerte a hacer lo más difícil. Se han banalizado los peligros que puede representar trepar por las montañas.
La exigencia de la cumbre está escondida en la posibilidad de una caída de piedras, un cambio repentino del tiempo, una torcedura de pie, un glaciar que cruzar sin el material adecuado, o la misma falta de fuerzas que puede acarrear tener que caminar una larga jornada. Ver en un vídeo las proezas que hacen los atletas más expertos a menudo nos produce el engaño de que, vestidos como ellos, podemos imitarlos, y no nos paramos a pensar que se han entrenado duramente y conocen perfectamente el medio y sus límites para afrontar los retos más grandes, mientras nosotros a menudo somos visitantes ocasionales de estos privilegiados caminos.
Y aquí es donde surge el aviso: a la montaña hay que amarla y también hay que respetarla; nunca debemos subestimar los peligros que puede comportar cualquier salida. Y a veces la catástrofe llega; todos en un momento u otro hemos estado en riesgo cuando hemos forzado; hacerlo no es trágico, es saber reaccionar a tiempo lo que te salva de la trampa en la que te has metido, y poder ir adquiriendo experiencia será lo que te hará reconocer el límite en futuras salidas. La montaña, como toda actividad, necesita su aprendizaje, y por eso existen los centros excursionistas con sus formadores y los guías de montaña. Gente preparada profesionalmente para guiarnos seguros en una actividad que quizá rebasa nuestras posibilidades en solitario, pero que podemos alcanzar con éxito con un guía o compañero de cordada experimentado.
La grandeza de las montañas te hace sentir humilde al conquistarlas, porque es allí donde la persona está más desnuda y ha de saber salir adelante con experiencia e instinto personal. De esta manera es como disfrutamos de la montaña, y como se vuelve el hábito que nos hace volver y volver mientras las fuerzas nos acompañan, y así continuar en nuestra particular conquista de lo inútil que es subir las cumbres de una vida.
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- Perfil del artista en el mismo número: Marco Noris (perfil, DiS)