El nacimiento de la otredad. Hacia una litoralización1 de las fronteras
La función de lo bello es precisamente indicarnos el lugar de la relación del ser humano con su propia muerte y de indicárnoslo solamente en un deslumbramiento2.
—Jacques Lacan
Cuerpo-río que naces, creces, mueres y vuelves a nacer, y en tu eterno retorno, la constante impermanencia.
El sonido del cucú comienza a establecer otra medición del tiempo, babosas de torso negro silencian la velocidad de un tren que nos agudiza a una inmediatez desterrada de las especies. Llegamos al nacimiento del río con la memoria de otros afluentes, con sedimentos de proyectos andados, con el peso de sueños ya soñados, con guerras abiertas y batallas libradas que pulsan de memoria las tierras de este río.
Caminar en tiempos de urgencia, resistir nuevos tramos, pisar con la fragilidad de los cuerpos errantes que llevan la incertidumbre en su paso; todo ello acontece en el pico Tres Mares. Todo ello nos antecede y nos hace presentes, nos abre poros que presagian sentidos nuevos en este trayecto que sigue el hilo del agua, apenas perceptible bajo la nieve.
El cuerpo del río brota recién nacido, rompe de la matriz-tierra y en ese mismo acto la muerte ya sobrevuela, desplegando la certeza de su finitud, que será cuerpo-oceánico. El cuerpo del río necesitará 80 días para crecer, desarrollarse, ser desembocadura y hacerse Mediterráneo. Escuchamos sus latidos recién surgidos en la montaña y nuestra percepción se agudiza. Como si del nacimiento de una divinidad se tratara, buscamos sus orígenes, detallamos sus descendencias. Asistimos en silencio sacro a su partida, mientras el artista graba sus gorjeos y recogemos piedras para levantar un pequeño altar donde colocaremos la vasija que portará una muestra de este origen, allá en su finitud.
En el alumbramiento del río no se avistan riberas, su contorno aún sin establecerse habla de una corporeidad sin rivalidades. En las entrañas de la montaña, el crujir de la tierra, la nieve y el granizo despierta otro espesor del tiempo y del espacio. La quietud que establece su ritmo va marcando un cuerpo-ambulante que acompasa, mece y es mecido por el del río recién nacido/aparecido. Asistimos con un cuerpo desconcertado que va dejando lo maquínico —el progreso se advierte otro—, empezamos a deshojarnos de significantes gastados.
El hilo de agua nos desliza hacia Fontibre. En el zigzagueo imperceptible de su cauce oímos las manos fabriles de Felipe, que muestran cómo del mismo acero salen esculturas y fusiles, tuercas y tanques, y cómo una misma fábrica alojó a empleados cooperativistas que lucharon por sus derechos hasta que se fue esparciendo, ablandando la consistencia. Sus manos hacen hablar al Ebro de esa fuerza; su cuerpo, forjado de luchas, torsiona la memoria del mismo río que sirvió para dar trabajo, modelar un territorio al costado del agua, crear objetos para guerras y bellas piezas para obras que nos alivianan de toda destrucción.
Nuestro cuerpo va resignificándose en el camino, la carne va adquiriendo un estado despojado de la letra, como si naciera con el nacimiento mismo del río, sin significantes, con pisadas que muerden el contorno de un camino que suena a percepción pura. A pesar del granizo, de la lluvia y de los pies que se hunden en el fango, hay el júbilo de quien comienza a andar por la existencia de los bordes que aún no son riberas, por un sendero ancestral donde hombres y mujeres caminaron a la vera del agua convertida en deidad. En la fuente todo se espeja, aquel hilo zigzagueante, el Hijar —hijo y padre al mismo tiempo—, reaparece en el lugar que lo nomina oficialmente. Allí se instalan frágiles los márgenes, derecho e izquierdo, riberas que descubren al otro de enfrente; enfrentarse al otro con la tensión de ese descubrimiento.
Orillarse, descubrir que el margen contiene lo diverso y en ese descubrimiento advertir el nacimiento de la otredad que no es un/a rival. Sobre esta tensión tendemos coordenadas y el psicoanálisis aparece como un bicho vivo que se despliega en el recorrido, el arte como una criatura de resistencia que no cesa de insistir.
Miro a Marco recoger agua del hilo que hace contorno y que cuerpea al río recién infans. Allí comenzamos a advertir los márgenes y al río como frontera, sus bordes que evidencian o invisibilizan lo que hay del otro lado y que iluminan el conflicto vital que devela —y hace cuerpo— lo diferente.
Aquella percepción pura que queda perdida por el manto del significante en todos los inicios de la vida humana reaparece en los territorios del río-infante. No solo miramos con los ojos, miramos con todo el cuerpo, nuestra piel se hace receptáculo del camino y de sus márgenes.
Seguimos el transcurrir de las babosas negras de panza amarilla que van dejando el rastro con sus manecillas temporales, cuerpos–dispositivos que van destituyendo el poder de la máquina: el progreso deviene otro.
En Arroyo se produce una primera fragmentación, la primera presa que detiene el agua como la vida de aquellos que se opusieron al franquismo y que son _liberada_s por la voz de David, que desinstala el olvido.
El río es una constante que cuerpea nuestra especie.
Reflejo de quienes lo juegan, lo habitan, lo celebran, lo fragmentan.
Entrambasaguas, Reinosa, Arroyo, Montes Claros, Polientes, Valdivielso.
Caminamos con el agua inmiscuida en nuestros pliegues, con las articulaciones enmohecidas, las gafas empañadas, la mirada empapada. El repiquetear de las cigüeñas deletrea cada entrada y cada salida de tierras despobladas o apenas habitadas, impregnando de signos cambiantes nuestros pasajes: hospitalidad, hostilidad, margen derecho, margen izquierdo. El río-frontera se va ensanchando.
El ciclo del nacimiento y la muerte nos sucede cada día. En cada segmento de recorrido, nuestro cuerpo, archivo de kilómetros, perece y amanece con cada caída de la noche y cada amanecer. Nuestro cuerpo se hace meandro, se curva, se pliega, se erecta, adolece, se contornea con los movimientos vivos del río. Somos cuerpos transitorios, transtemporales, transeúntes transterritoriales.
Nubes sonoras de pájaros se van introduciendo en nuestras pieles, en nuestras branquias, en nuestras alas. El reflejo del bosque en el Ebro, el Ebro reflejado en los bosques; una orquídea en forma de abejorro nos habla de su polinización mimética; una chicharra se desnuda y renace en la tienda del artista.
Los territorios se van archivando en el cuerpo, el río se va archivando en nuestros cuerpos. Adentrados río adentro, adentrados río afuera, padecemos las irrigaciones vitales del río-territorio. Actos del cuerpo en movimiento, en interrelación con la poética de la naturaleza, dejan su registro. Cuerpo vital en acción que avanzando con el río va gestando una nueva conexión con el saber propio y con los saberes del territorio.
Lavanderas, agricultoras, pastores y pastoras de vacas tudancas, pescadores, artesanas de la voz, cuidadoras de dialectos, cantores del río, salvaguardianas de voces maternas.
Todo es nuevo, dice la voz del artista, todo es mirada nueva, todo es un hallazgo en el archivo del camino. En el ombligo del tiempo, lo inasible se va corporeizando, atrás va quedando el progreso, adentrados en un porvenir que es pasado y que en cada paso se hace futuro.
El Ebro va creciendo y, en sus ensanchamientos adolescentes, transformando su caudalidad de infante a divinidad-exultante, su sonido ensordece nuestros pasos, que se adhieren al ruido de la experiencia. Su cuerpo se hace envoltorio.
Somos dos serpientes bordeando la materia-río.
Observamos las fragmentaciones que van aconteciendo. Nosotros somos fragmentados también. El estado del río nos afecta, el territorio afectado nos atraviesa como organismos vivos en convivencia con las múltiples especies. Nuestro paso se detiene, se hace pesado. Molinos de viento, campos de placas solares, mares de acero que inundan el camino se incorporan al cuerpo y lo determinan. No dejamos de sentir la urgencia del mundo en cada andadura.
¿Con qué sueños llegaremos a la fuente? ¿Qué sueños serán soñados allá en la muerte? ¿Qué cuerpo nos quedará inscripto?
El trazo del artista bordea la realidad caminada con pinceladas, recoge la materia palpitante en los márgenes, resguarda el silencio, captura sonoridades. Cose por capas lo visto y oído en los tramos de cada fase del territorio-río. La voz del río es capturada en sus distintas etapas, en sus superficies, en sus profundidades.
desfiladeros de la horadada
cueva-escucha,
azudes que hacen barrera.
Detención del trayecto.
Apagón,
la fractura del sueño
quiebre por donde se cuela otra realidad,
silencio desierto, silencio despierto.
Traspié, los trayectos se bifurcan,
caminos quebrados, errancias del cuerpo,
cauce de sucederes, Ebro y Suquía.
En el Delta, la infancia representada por un grupo de niños y niñas recibe al artista; en ciclicidad jubilosa, se acercan a dar el soporte al último tramo. Rumbeando hacia el mar, la llegada al Mediterráneo abre un océano de silencio. La muerte del cuerpo-río se funde entre dos mares.
Mientras el artista acompaña el río a su fin, en Argentina —cruzado un banzeiro3— acompaño a mi madre a desembocar en su mar. Asistimos (desde nuestra pequeñez desolada y sin nombre) a la corporización última de esta simbiosis (diálogo, metáfora, correspondencia, sincronicidad) entre el cuerpo-humano y el cuerpo-río.
¿Qué cuerpo queda inscripto? Un cuerpo-río en pleno trabajo del duelo, que duela su desembocadura, que se constituye de sustratos afectivos, vinculares, políticos. Un cuerpo-río que habla con una memoria nueva y es capaz de ser leído desde una nueva inscripción. Un cuerpo-río unificado que, consciente de su corporeidad, anudando sus fragmentos, no puede dejar de ser representado en su totalidad. Un cuerpo-río que nace, pasa su infancia en tierras cántabras, va cambiando de lenguas —castellano-euskera-catalán, según su voz, serpentea—, se hace frontera y carretera de territorio para finalizar su vida en Cataluña.
Un cuerpo unificado en el que sería posible litoralizar las rivalidades y transformar los bordes en oportunidades para nuevos puentes.
A Norma Cabrera,
mamita-río,
que temiendo su desembocadura
se hizo mar.
23-10-1951 / 08-07-2025
Celeste Reyna (1977, Córdoba, Argentina) es psicoanalista y docente. Trabaja en el ámbito público y en el privado desde hace veinte años. Su interés y trabajo se centran en proyectos colectivos relacionados con el acceso al psicoanálisis para todos y la creación de dispositivos donde la escucha, la palabra y las herramientas artísticas promueven la elaboración del malestar. Durante los últimos años, a partir de la necesidad de recurrir a prácticas comunitarias subjetivantes, ha trabajado y trabaja en diferentes proyectos artísticos en los que entrelaza arte y psicoanálisis.
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Litoral: borde entre dos campos distintos, en el cual el paso de un lado al otro no permite la vuelta atrás. ⤶
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Jacques Lacan, El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis, 1959–1960 (Buenos Aires: Paidós, 1988), 352. ⤶
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«Los habitantes del Xingú llaman banzeiro a la zona donde el río se embravece, por donde, si hay suerte, se puede pasar al otro lado; si no la hay, no. Se trata de un “punto” peligroso entre el lugar desde el que uno viene y el lugar al que quiere ir. Quien rema espera a que el banzeiro retire sus garras o se apacigüe. Y guarda silencio porque de repente el barco puede volcar o acabar arrastrado río abajo. Guarda silencio para no despertar la furia del río. Banzeiro no tiene sinónimos. Tampoco traducción. Banzeiro es lo que es. Y está donde está.» —Eliane Brum, Banzeiro Òkòtó: La Amazonia centro del mundo (Barcelona: Lumen, 2023), 27–28. ⤶