El fin, el inicio

que tras el colapso
de esta civilización ya condenada
siga habiendo quizá seres humanos
capaces de aprender de la catástrofe
y vivir una vida renovada
en un nexo distinto con la Tierra
(Jorge Riechmann, “En el fondo del valle ha muerto Jorge Riechmann”)

En mi juventud, me preguntaba cómo era posible que grandes civilizaciones del pasado hubieran quedado reducidas a simples ruinas y cuál era el proceso que conectaba el pasado con el presente. Soñaba con poder observar el fluir de la historia en fast-forward para comprenderla en su totalidad.

Ante la evidencia de que la historia de la humanidad está constelada de civilizaciones desaparecidas, me he preguntado naturalmente si un destino semejante podría darse también hoy. ¿Qué acontecimientos tendrían que suceder para llevar al colapso a una civilización global como la nuestra? ¿Cómo podría ocurrir que de nuestra cultura grecorromana solo quedaran unas pocas ruinas y algunas conjeturas?

Han transcurrido varias décadas. Ahora nos encontramos en un mundo al límite de la catástrofe climática, consumido por la avidez capitalista y en manos de demonios anaranjados, señores de la motosierra, empresarios de las tinieblas y otros diablos de camisa negra. Un mundo enteramente digitalizado, donde todo el saber humano se conserva en cloud, server y hard disk.

Privado de cuerpo, el saber humano es omnipresente pero efímero. Contrariamente a lo que nos han vendido, la supervivencia del dato es frágil, tan frágil que incluso los historiadores contemporáneos temen que sus colegas futuros puedan tener dificultades para encontrar información sobre nuestra época.

Después llegó la IA, devorando y metabolizando cada cosa, con sus prejuicios, ambigüedades y equidistancias. Hemos entregado todo el saber humano a la Máquina, elevándola a oráculo omnisciente al que dirigirse para cualquier necesidad. Ese saber ya no es nuestro, es suyo. Centralizarlo y acceder a él solo a través de una máquina que ofrece una interpretación potencialmente distorsionada significa, en el fondo, abdicar.

Hemos construido un sistema complejo que, para funcionar, exige enormes cantidades de recursos naturales. Un sistema sofisticado, pero al mismo tiempo frágil. Un conflicto nuclear, una tormenta solar, un apagón satelital o una crisis climática sin precedentes podrían desencadenar su colapso. Imaginemos un escenario de sequía extrema, escasez de comida y agua, y la imposibilidad de acceder a los recursos digitales. De una manera u otra, la digitalización parece ser el eslabón crucial de aquel proceso que, en mi juventud, me parecía impensable: la desaparición de nuestra civilización.

La incapacidad de conectarnos con nuestro pasado y con el conocimiento acumulado a lo largo del tiempo podría generar lo que podríamos llamar el Gran Vacío, The Big Emptiness. En este estado de ignorancia difusa, barbarie y devastación se convertirían en el preludio de un nuevo inicio, un punto cero desde el que reconstruir un futuro diferente. Parafraseando a Smithson, un futuro sepultado en el pasado1.

Me llevó meses elaborar el duelo de la evidencia: pase lo que pase, estamos ante un fin. Después, una vez aceptado el hecho (pero ¿se puede aceptar de verdad algo de esta magnitud?), y liberado de la necesidad de evitar lo inevitable, me di cuenta de que una nueva certeza tomaba forma: hay que prepararse y pensar en el después. Citando a Eliane Brum, ya no es el momento de la esperanza, sino de la acción, por necesidad de supervivencia. Y esa es una buena noticia, porque es el primer paso para volver a imaginar un nuevo futuro.

  1. Robert Smithson, The Collected Writings, ed. Jack Flam (Berkeley: University of California Press, 1996), 194. “The future doesn’t exist, or if it does exist, it is the obsolete in reverse. The future is always going backwards. Our future tends to be prehistoric”. «El futuro no existe, o si existe, es lo obsoleto al revés. El futuro siempre retrocede. Nuestro futuro tiende a ser prehistórico».