Destruíos

«…caminar por el borde del abismo, y dudo de tener el coraje y la fuerza necesarios para semejante empresa. Pero, por otro lado, ¿quién puede saberlo?»
—C. Castaneda

El gran castillo de naipes en que vivimos empieza a perder piezas. Un castillo de naipes y su torre de cartón. El Imperio se remienda con buenas dosis de violencia, aquí y allá, solo para contener. Hemos atravesado un trozo de verano empujados por la fangosa/policial cloaca genovesa para vernos arrebatar de pronto de las manos nuestro último juguete. Alto, ¿qué cojones pasa?

Ahora me encuentro alineado, me dicen. Eso parece. Me dicen que ni siquiera ser no-global me impide llorar mi cultura globalizada. Me dicen también que hay tres minutos de silencio por los muertos americanos. Los muertos aquí no son todos iguales. Por los muertos buenos se reza; a los malos se los ignora. Como los niños iraquíes, malísimos me dicen. En dos días ya me lo explican todo, quién, cómo, por qué. No sabían nada antes, e inmediatamente después lo saben todo. Bin Laden, claro. Pasada una semana ya empieza a costar pensar en las pruebas. Hacemos como si nada; los medios ya omiten la duda y la dan por descontada. Quién sabe cuánto tiempo necesitan para enjuagar el sentido crítico occidental y poder luego bombardear a la primera excusa estupidísima.

Por fin aquí está, la globalización. Hemos hablado mucho de ella y aquí llega a bordo de cuatro aviones de línea. El Imperio se dobla y el Pentágono arde. Todo encaja, el terrorismo se vuelve guerra, global y permanente. Pienso en la infinidad de sonrisas educadamente reprimidas. Pienso en el millón de muertos iraquíes, asesinados lentamente por el hambre. El embargo occidental en una de sus tantas aplicaciones.

Y mientras la retórica occidental llora a sus muertos, Israel bombardea los territorios palestinos, el fundamentalismo aclama la Guerra Santa y en todo el mundo la humanidad se deleita en la masacre. Es todo tan estúpido que resulta grotesco.

Estupefacto. Aquí las guerras santas son dos. Un desafío a la última sangre, con prórrogas a ultranza.