Finimondo
28 de mayo de 2019. Cincuenta días en Italia en los últimos dos meses, no me pasaba desde hacía 16 años. Me reencuentro con un país saqueado, roído por la impotencia y la rabia, cuna de niños feroces. Más que un país decaído es un país estrellado, que ha hecho del drama una caricatura brutal y patética.
Pero, si tomo distancia y escucho, me reencuentro con la belleza de su lengua, rica y juguetona. Briccone, andare a zonzo, finimondo, origliare, menare il can per l’aia, nullafacente, occhiolino, malmostoso, infuriato, battibecco, scavezzacollo. Cada lengua es historia viva, fascinante y evocadora; pero esta, en boca de un pueblo arrollado por la historia, parece ahora un eco lejano, una lengua ajena a su gente como lo es al conquistador o al algoritmo.
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