Carien Vugts: Tributo a una pintura
Hola Marco,
hace unas dos semanas estaba tumbada en la silla del dentista y me acordé de tu cuadro.
Me gusta escribir de vez en cuando, sobre mi propia obra o la de otra persona.
Esto porque creo que, además de hacer arte, también hay que practicar a escribir sobre ello. Para poder dar palabras a lo que haces.
Así que, después de la visita al dentista, empecé a escribir una especie de tributo a tu cuadro.
saludos,
Carien

El miércoles 1 de febrero de 2017, de repente me encontré en el estudio de Marco Noris.
Llevaba tres meses rondándolo, pero entonces tuve la osadía de ignorar la señal de stop de la puerta y allí me planté, en medio de su estudio. Con auriculares en las orejas y con su mono azul, estaba enfrascado pintando. Tuve que gritar con todas mis fuerzas para que se diera cuenta de mi presencia.
Los últimos cuadros suyos que había visto eran los de su exposición en Vic. En aquel momento vi, supongo, algunas de las fascinaciones de Noris desde dentro. Como si los temas de los cuadros fueran más personales, con más motivaciones interiores.
Hablamos un poco más de un cuadro concreto:
De entrada ves una boca muy abierta con, dentro de esa boca, a la derecha un espejito dental y a la izquierda uno de esos ganchos desagradables de dentista. Sobre esa boca, en un campo grisáceo, solo un par de ojos.
El propio Marco estaba orgulloso de cómo había pintado el reflejo de los dientes y las encías en el espejito. Y lo había logrado, ciertamente, pero para mí el contraste entre la manera de pintar de la parte superior, parca y fina, y la parte inferior del cuadro, grasienta y escultórica, era lo más fascinante. La manera distinta de pintar llevaba a una apariencia distinta de la boca y de los ojos.
La boca abierta con un labio inferior y superior grasientos, de un color ligeramente inusual y sucio; ves dientes y encías, pero también es visible la zona de debajo de la lengua. Tal como no sueles vértela tú mismo, pero que reconoces irremediablemente. Una zona algo indefinida, pintada de manera muy escultórica. Los dientes no están perfectamente rectos ni son de un blanco brillante, sino que contienen algo de amarillo.
Pero entonces, esos ojos sobre la boca, llenos de horror y de miedo, expresan casi agonía. No más que unas cuantas pinceladas, pero muy bien acertadas y cercanas a lo que podría ser la realidad.
Con la boca puedes identificarte, pero los ojos, esos son de otra persona. Sabes qué cara pones en la silla del dentista, con la boca en un espasmo, pero no sabes qué expresan tus ojos.
La banalidad del tema da al cuadro una especie de humor, ácido quizás, pero humor al fin. Tiene algo existencial, algo alienante y también es un poco repelente, pero justo en el límite. Donde está ese equilibrio entre atracción y repulsión, entre fascinación y abominación, y aún no sabes cómo te afectará.
Mirar este cuadro empieza con diversión, porque empiezas con la mente abierta y ves el placer que tiene Noris pintando. Pero entonces pasa lo que pasa cuando te sientas en la silla del dentista.
Al principio te sientes cómodo, solo está perforando un poco.
Pero mientras tanto el asistente no presta atención y la boca se te va llenando poco a poco de agua del torno y al cabo de un rato empiezas a pensar: pronto me ahogaré…
Carien