Nel lieve sovrapporsi di cielo e terra

Por Francesco Giaveri

Nel lieve sovrapporsi di cielo e terra1
Del 15 de septiembre 2020 al 20 de noviembre 2020, Piramidón, Barcelona

Como en un viaje, hay etapas. Como en el camino, hay una meta hacia dónde nos dirigimos. Pronto el viajero se da cuenta que no hay un refugio cierto sin salida. Y que todos los sueños se desvanecen en el aire. Cada encrucijada, sólo un nuevo comienzo. Siempre mañana, y nunca mañanamos. 

Donde habita el horizonte, hay una línea que escapa continuamente a quienes pretenden cazarla. Lo que no se puede definir, se hace metáfora: un lugar de ensueño. Para abarcar, o solamente representar, aquella superposición ficticia, es menester mantener una distancia. Recorremos este vacío, una separación hueca, con nuestras idas y venidas. En este trajín nos convertimos en paisaje ruinoso, en perenne transformación. 

Camino a lo indecible, nos encontramos con restos: sutiles papeles, lienzos raídos, cartones pegados, pieles tatuadas y maderas antiguas. Velos que como capas de pintura se sobreponen levemente para describir un lugar donde la unidad y sus fragmentos conviven, donde la afirmación entra en crisis y la precariedad se hace fuerza. Es ahí donde los signos mudos tejen un relato, donde espectador y paisaje se sobreponen. Estratos sutiles, veladuras de pigmentos buscan, poco a poco, paso a paso, atar el cielo a la tierra, la acción a la contemplación. 

Es otra metáfora, otro sueño en ruinas. Y sin embargo, bien merece la pena aventurarse, aunque sea para naufragar en el intento; cualquier meta que esté al otro lado, una vez abandonada la certeza sosa de la orilla, compensa el esfuerzo. Un sendero transitable hecho de pintura, una ficción táctil que se nutre de tierra y de aire, aproxima lo que nunca se sobrepone aunque parece tocarse. La primera exposición individual en Piramidón de Marco Noris (Bergamo, Italia, 1971) nos guía hacia este lugar metafórico, indecible, situado entre las ruinas y el vacío. 

“La condición de exilio de la metáfora, en un mundo determinado por la experiencia disciplinada, resulta tangible en el malestar que provoca todo aquello que no corresponde al estándar de un lenguaje que tiende a la unicidad objetiva. Entonces se califica en la tendencia opuesta como estético: este atributo otorga la definitiva, y por tanto totalmente desinhibitoria, licencia de ambigüedad”2, así Hans Blumenberg a propósito de la metáfora. 

Las obras recientes de Noris se nos presentan como fósiles que nos guían por un horizonte en ruina. Se trata de pieles amontonadas, estratos sucesivos y ambientes contiguos. De estas series se desprende una profunda quietud, en las ruinas se descubre una esperanza con la que ya ni siquiera creíamos poder soñar. 

Las superficies reflectantes y bien acabadas del mundo contemporáneo aspiran a la máxima transparencia. La característica más preocupante de esta tan ensalzada transparencia (en la política, en lo social y también en el arte), es la ausencia de hueco y de ambigüedad. Afortunadamente, la pintura de Marco Noris atenta contra toda transparencia, articula una ambigüedad sin fin, es un fósil que oculta su origen. Esta exposición es una huída en el tiempo para que volvamos al presente con ganas  de derribarlo. Porque todo es precario.

Para acotar la distancia entre la superficie y el hueso (cfr. la esencia de las cosas), Marco Noris propone en este proyecto una arqueología personal, un trabajo de revisión, proceso casi ecológico, que recupera lo precedente para someterlo a transformaciones continuas. Acumula, organiza, ata sus obras y las usa como material para otras propuestas. Lienzos, papeles y cartones soportan tierra y experiencia halladas por el camino; lo anterior se aprovecha para trazar mapas del futuro, como pieles que llevan impresos recuerdos imborrables de una meta inalcanzable. La de Noris es una arqueología personal que apela a un horizonte compartido.

El refugio al que cualquiera anhela durante su viaje, una vez alcanzado, se derrumba, cae en pedazos. Y vuelta a empezar, hacia otro horizonte (siempre el mismo, nunca igual). El musgo cubre la ruina y brota un nuevo paisaje. No quise, pero este texto me lleva a ello. Será porque también está escrito entre los escombros de un mundo enfermo que sigue su rumbo tozudo, sin cambiar sus venenosos y contaminantes hábitos. Decía, no quise incluir una cita de Goethe porque no creo que lo sublime tenga cabida en lo que nos rodea, aquello era otro sueño. Quise evitar también dicotomías, dualidades, oposiciones, blanco y negro, bueno y malo para huir de la visión colonialista y depredadora de occidente, del origen…

Aún así quizá valga la pena detenernos con los ojos puestos hacia un horizonte metafórico y volver a escuchar lo que Goethe escribió en su momento. Según el poeta alemán, el ser humano lleva una doble vida, una concreta y otra abstracta. En la primera “está abandonado a todas las tempestades de la realidad, a la influencia del presente: tiene que luchar, sufrir, morir como el animal”. Pero en la otra, está separado de “todo lo que allí le posee y agita”; desde esta distancia “es un mero espectador y observador”3. Diríase que es, otra vez, el trillado dualismo entre vida activa y contemplativa. Sin embargo, plantearlo ahora es pertinente, después de meses de confinamiento, mientras trato de hilar las obras y el tono del proyecto expositivo de Marco Noris. Lo figurativo, lo abstracto, el fragmento, la unidad, la ruina, lo monumental, la tierra y el cielo…

Se trata de una exposición de pintura que ha surgido cuando viajar estaba prohibido y el horizonte se podía contemplar desde un solo punto de vista, el de un estudio, un par de plantas más abajo de la actual exposición. Quizá por este motivo, las obras de Noris me provocan un sentimiento de amplitud, de contemplación prolongada; como si esta exposición fuera metáfora de una indecible esperanza de lo que podría ser y suceder si no rompemos, ciegamente, todos los puentes con el pasado. ¿Quizá dejar atrás lo normativo y salir hacia el mar abierto del cambio social? Una aventura que nunca será individual (lo personal es político).

Sus cartones, lienzos, papeles reclaman una distancia del trajín cotidiano. En estos  tiempos sombríos, de acción ciega caiga quién caiga, su propuesta anhela detenernos para mirar un horizonte común. Si en la primera sala de la izquierda, lugar obscuro y casi tétrico, encontramos el giaciglio [yacija] del artista, fusión de arte y vida, precariedad y fuerza, al fondo de la sala principal, un cartón ondulado pintado con un azul claro lleno de luz, nos acompaña hacia un posible cambio, hacia algo mejor que una cura: una solución. ¿Es un  nuevo horizonte la solución? En 1967, con un actitud militante y llena de esperanza, Germano Celant escribe, en sus apuntes para una guerrilla (el arte povera), unas frases que bien podrían servir de colofón a esta exposición: “un’imprevedibile coesistenza tra forza e precarietà esistenziale che sconcerta, pone in crisi ogni affermazione, per ricordarci che ogni ‘cosa’ è precaria, basta infrangere il punto di rottura ed essa salterà. Perché non proviamo col mondo?”4 .

En las obras de Noris, los soportes parecen determinar las formas; una espiral hecha con tiras de lienzos descansa en una peana. Fragmentos dispuestos en sucesión, anclados a la pared. Prevalece un tono oscuro con algún que otro destello de luz; abundantes pliegues, casi flotantes, unos sobre otros. Si el mundo es todo lo que sucede, este pintor expone ahora las huellas de un viaje, fragmentos de una ruina que incluye todo; perdidos en sus estratificaciones, nosotros, los espectadores, estamos llamados a contemplar el futuro como si de un hígado de cordero se tratara. 

El arte siempre debería ser arte adivinatorio, hablar del futuro. La metáfora ha sido exiliada del terreno del saber objetivo. La pintura no conduce a la univocidad objetiva. Aquí no hay conceptos sino evidencias de un trajín que aún no ha llegado a puerto. La pintura se hace eco de las sensaciones de una contemplación táctil. Tantas capas se apilan una sobre otra, hasta que la tierra toca finalmente el cielo. 

Como ya insinué, tengo la impresión de que el título de esta exposición de Marco Noris sea una metáfora. Pero no estoy seguro. No tanto porque esté escrito en otro idioma, se entiende fácilmente. Debe ser una metáfora porque describe un lugar que no existe. Y, si existiera, no se podría reducir a concepto, a certeza objetiva. El horizonte es un espacio indescifrable. El horizonte no es una línea. El cielo y la tierra no se tocan. Ni se acercan, aunque lo parezca. ¿Dónde podemos encontrar aquella comparación tácita que hace la metáfora? Está en estas pinturas, con sus texturas, sus materiales, sus soportes. 

Este proyecto plantea la imposibilidad de definir de manera objetiva el frágil e ilusorio acercamiento de la figuración con la abstracción, de lo que se toca con lo que se ve. Sus obras quedan en un horizonte que parece fundirse, levemente, casi sobreponerse. Pero este encuentro no se celebra. O quizá sí, se unirán cuando por fin logremos abandonar las dicotomías del pensamiento binario y opositivo. 

Francesco Giaveri, 2020

  1. En en leve solapar de cielo y tierra
  2. Hans Blumenberg, Naufragio con espectador. Paradigma de una metáfora de la existencia, Visor, Madrid, 1995, p. 104
  3. Goethe citado en Hans Blumenberg, Op. Cit., pp. 73-74
  4. “Una imprevisible coexistencia entre fuerza y precariedad existencial que desconcierta y pone en crisis cualquier afirmación para recordarnos que todas las “cosas” son precarias: basta con ir más allá del punto de rotura y la cosa saltará. ¿Por qué no hacemos la prueba con el mundo?”, Germano Celant, “ARTE POVERA. APPUNTI, PER UNA GUERRIGLIA”, EN FLASH ART, No 5, ROMA, NOV.-DIC. 1967. Traducción de JOSÉ LUIS GIL ARISTU.