Muga

“Muga” i les seves variants “buga”, “boga” i “moga”, és un mot típic del català occidental, sobretot pirinenc, amb el significat de “molló, fita”, però més sovint també “límit, frontera entre dos termes”.

És compartit amb l’occità aranès sota la forma “mòga” i també amb l’aragonès, on trobem les formes “boga”, “buega”, “huega” i “güega”.

L’origen comú de les formes catalana, occitana i aragonesa és el basc “muga”, amb el mateix significat.

En català no n’hi ha documentació escrita fins al segle XX, tret d’unes referències mig aragoneses de Benasc del 1456. En aragonès es documenta la forma “boga” a Osca des del 1103.

En <a href=”http://dle.rae.es/?id=Q0rylYe|Q0t5mCZ” target=”_blank”>castellà és d’incorporació moderna</a>, com a basquisme o, més versemblantment, aragonesisme.

La Muga

El mot “muga” no té res a veure amb el riu de la Garrotxa i l’Alt Empordà conegut amb el nom de “la Muga”. El nom del riu prové d’un antic “Sambuca”, citat ja en un text de l’any 844: “…quod es situm in pago Bisildunense juxta rivo que dicunt Sambuga…”. És a dir, el nom del riu ja és documentat gairebé dos segles abans que qualsevol aparició del terme “muga”.

L’evolució del nom del riu és del tot natural. De l’original “Sambuga” va passar a “Samuga”. Aquí es va interpretar erròniament la primera síl·laba com si fos l’article català arcaic i es va separar en “sa Muga” i després es va canviar per l’article literari “la Muga”.

No està clar si l’origen “Sambuga” prové del llatí “sambucus” (saüc, saüquer) o bé d’un mot pre-romà de significat incert.

 

Badalona, 6 d’agost de 2017

Josep Estruch Traité


Bibliografia

  • Diccionari etimològic i complementari de la llengua catalana, Joan Coromines, Vol. II, pàg. 30, Vol. V, pàg. 827.
  • El parlar de la Vall d’Aran, Joan Coromines, pàg. 575
  • Diccionario critico etimológico castellano e hispánico, Joan Coromines, Vol. 1, pàg. 687.
  • Onomasticon Cataloniae, Joan Coromines, Vol. V, pàg. 417.

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Muga – Josep Estruch Traité 2017

 

No era el sol

No era el sol

Por Federic Montornés

 

A veces es suficiente con añadir algo a una imagen para que lo que vemos como un paisaje se convierta en un escenario y no en la representación de la ilusión de quien lo está contemplando. De modo que hablar de escala frente a un paisaje sería como hablar de la distancia que separa el espectador de la imagen. Y hablar de la distancia entre quien mira y lo que ve sería hablar de intromisión en un relato interminable.

Porque la pintura no tiene fin. Y, sin embargo, invita a acercarse.

Dice Marco Noris que, para él, la pintura -en especial, la pintura al óleo- es el lenguaje que mejor le permite intimar con lo emocional sin descuidar lo intelectual. También dice que es el lenguaje que, gracias a sus códigos visuales tradicionales, le permite penetrar en la conciencia del espectador haciéndole bascular entre el presagio y el duelo. Una distorsión temporal -sigue diciendo- poblada de escenarios post-apocalípticos, ruinas del pasado, anuncios de desastres futuros y memorias de tragedias que se confunden y entrelazan conformando una suerte de genealogía de la catástrofe. Un estudio del devenir humano que, lejos de celebraciones y lamentos nostálgicos, nos habla de ese camino íntimo y colectivo de aceptación y expiación en cuyo centro siempre se halla quien no es dueño de su destino: el espectador. Solo. Frente a su mortalidad.

O como lo llama Noris: el triunfo de la derrota.

Centrada en el deseo de insinuar y no tanto en el de describir lo que, a ojos de quien contempla, se alza como un ejercicio de introspección en torno a argumentos tan amplios, sentidos y reflexivos como la memoria, el olvido, la ausencia y la espera, la obra de Noris es una suerte de bálsamo que, invocando una más que necesaria suspensión del tiempo, permite que todo pase porque en ella todo se eterniza, se alarga, espera y deja. Se trata de una decisión que, ubicando al margen del ajetreo y el ruido a quien se sitúa frente a su obra, permite conectar con esa parte del ser que se pregunta qué hay detrás de la estrecha realidad que vemos porque sabe que es detrás de lo que nos ciega donde realmente deberíamos indagar.

Y es que más allá del velo que impide la visión se puede hallar la razón por la que todos estamos aquí.

La exposición que, bajo el título No era el sol, reúne buena parte de la producción de Noris desarrollada en torno a la desaparición en las fosas comunes, la crueldad de las fronteras, la guerra civil, el exilio y el desarraigo así como a cuestiones de contenido medioambiental -en tanto que metáforas de nuestras ruinas material y moral- o a lecturas de calado más introspectivo como primer e ineludible paso hacia la aceptación de la negación y la sombra para hacer frente a la escalada tecnológica, el exceso de consumo y el entretenimiento que a todos nos ciega, es una suerte de sumidero conceptual concebido no tanto para acabar con la especie humana si no para demostrar que después de lo que parecía que era el sol no venía la noche del descanso sino el deseo de hallar una luz al margen de la impaciencia. Es decir, al margen de nosotros mismos. Es por ello que, más que un viaje hacia el exterior y a través de territorios por los que todo está construido, lo que propone Noris es un viaje hacia el interior de cada uno por el camino de sus pinceladas al óleo, la superficie de unos lienzos, las capas y capas de cartón desechado, las dimensiones de un cuadro y los pasos que deberíamos seguir para despegar de este maldito mundo, recuperar la esencia del ser humano, tomar consciencia de nuestra identidad, revitalizar nuestros valores y verlo todo a esa distancia que permite entender la pintura, su pintura, también como una cuestión de escala.

Frederic Montornés
Febrero 2017

Statement | Marco Noris

2015: De ruinas

Mi exploración nace en las grietas de un mundo en ruinas y recorre un denso entramado de caminos entre escombros y abandonos. Violadores apaleados, accidentes, desechos y vertederos; víctimas policiales, efigies derrumbadas, prófugos y mutantes… Mi obra es un prontuario del hundimiento, un compendio de ruinas materiales y morales. En este contexto se desarrolla mi trabajo sobre refugiados y exiliados, un proyecto que nace de los restos de un antiguo campo de concentración y que habla de ausencia, de memoria y de olvido y del aniquilamiento del ser humano, de su identidad y de sus valores.

Más allá de algunas incursiones en el mundo de la fotografía, del collage, de la instalación y del vídeo, mi práctica se desarrolla principalmente en el campo de la pintura, disciplina que me permite un trabajo más directo y visceral. Uso los códigos visuales tradicionales – y casi arquetípicos – de la pintura al óleo como palanqueta para entrar en la conciencia del espectador, haciéndola bascular entre el presagio y el duelo. En esta distorsión temporal, escenarios post-apocalípticos, ruinas del pasado, vislumbres de futuros desastres y memorias de tragedias se confunden y entrelazan conformando así una genealogía cíclica de la catástrofe.

En este diálogo de luces y sombras entre pasado y presente se define la contemporaneidad de mi trabajo, mi respuesta a las tinieblas del ahora. Mi investigación sobre el pasado es la sombra de mi interrogación sobre el presente, preocupado por la fragilidad de nuestro sistema y por la vulnerabilidad de una humanidad entregada a ciegas a las sirenas triunfales del progreso.